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domingo, 29 de noviembre de 2009

Karima no tiene escuela

(Foto: el País)

Vuelvo brevemente desde mi oficio de papá atareado para actualizar el blog con una noticia de hoy de El País. Esta es la historia de Karima y la de muchos niños que no están escolarizados por culpa de la política, los prejuicios culturales, la diferencias religiosas… Y eso pasa en España, supuestamente la octava economía mundial.

Karima no tiene escuela

Cerca de 300 niños musulmanes que viven en Melilla están sin escolarizar.- Los colegios no admiten chicos 'sin papeles' y el Ayuntamiento no los empadrona
IGNACIO CEMBRERO - Melilla - 29/11/2009

Karima, de 14 años, se encoje de hombros. "No sé, mejor no", contesta a duras penas cuando se le pregunta por qué no va al colegio. ¿Sabes leer y escribir? "Un poco", responde titubeando. ¿Quién te ha enseñado? "Mi hermana", afirma mientras señala con la mirada a Hannan, de 8 años, que sí está escolarizada en La Residencia, el colegio público marroquí de Melilla.

Karima vive con su madre y sus cinco hermanos en la calle A de la Cantera del Carmen, un mísero barrio melillense. Llevan nueve años en la ciudad, dos de sus hermanos nacieron en ella, pero no están empadronados, carecen de tarjeta sanitaria. Todos, excepto Karima, frecuentan la escuela marroquí. En su casa no hay luz eléctrica.

Unas manzanas más arriba, a Dunia, de 17 años, y Wassima, de 14, sí les hubiese gustado acudir al colegio. Viven con su madre y sus cinco hermanos -cuatro de ellos nacidos en Melilla- en la calle Guadalhorce, en el barrio del Monte María Cristina. "A Wassima no me la admitieron en La Residencia", se lamenta Habiba, su madre. No se le pasó por la cabeza tratar de matricularla en una escuela española.

Dunia y Wassima se manejan más o menos en castellano -en su casa hablan tamazig, conocido popularmente como rifeño- gracias a las monjas de María Inmaculada. Durante ocho horas semanales les enseñan a leer y escribir y también a coser. Dos veces al mes les entregan además un lote de galletas, leche, aceite etcétera.

Como tantas otras, las dos hermanas dudan en confiarse al forastero. "¿No será utilizado contra nosotros lo que le contemos?", pregunta Dunia temerosa. "¿No nos van a echar de Melilla por su culpa?". Cuando ya se relaja reconoce que le gustaría ser enfermera, aunque sabe que es un sueño inalcanzable.

Más asequible le parece, en cambio, dar el salto a Península, escondida en algún vehículo, como hizo su hermana mayor, de 19 años, que vive ahora en Las Rozas (Madrid) y que "de vez en cuando manda algo de dinero". Falta hace porque la madre sólo cobra 240 euros mensuales limpiando escaleras y sólo el alquiler de su mísera vivienda cuesta 150. Por eso a la hora de la cena Dunia y sus hermanos se conforman con comer pan mojado en té a la menta.

Hace ya cinco años que José Palazón, que encabeza la ONG Pro Derechos de la Infancia (Prodein), y Abderramán Benyahia, secretario de la Asociación Musulmana de Melilla, se echaron a la calle al frente de cortejos de padres y niños para reivindicar su escolarización. Organizaron incluso clases improvisadas al aire libre. La protesta surtió efecto. Entre 200 y 600 chavales, según las fuentes, fueron admitidos en los colegios públicos.

Aquella oleada de escolarizaciones "alivió el problema, pero no lo resolvió", asegura Palazón. Estima que aún hay "unos 300" chavales musulmanes que no pisan la escuela en una ciudad de 75.000 habitantes. Por haber encabezado ésta y otras demandas sospecha que ha pagado un precio. "Llegué a tener cinco academias a las que las administraciones, estatal y local, enviaban a sus funcionarios para que se formasen, preparasen oposiciones, etcétera", recuerda este sexagenario. "De sopetón dejaron de venir". "Sólo una permanece abierta y funciona a medio gas", se lamenta.

"Hay una comisión de escolarización y no tenemos ninguna solicitud pendiente", replica Miguel Heredia, director provincial del Ministerio de Educación, una competencia que sigue en manos del Gobierno central. "Para que se tramite el ingreso en la escuela los padres deben presentar un documento que acredite algún tipo de permanencia en la ciudad", añade.

Ahí está el problema. En la Península es relativamente fácil para unos sin papeles empadronarse. "En Melilla es imposible", asegura Palazón. Los marroquíes necesitan un visado en su pasaporte para acceder a la Península. Para entrar la ciudad autónoma les basta con un pasaporte o una nekua (carné de identidad) expedida en la provincia limítrofe de Nador, dónde viven 750.000 personas.

"Si se empadronase a todos los que lo solicitan tendríamos a todo Nador -una provincia paupérrima- inscrito en el padrón municipal de Melilla", afirma un alto cargo del Ayuntamiento controlado por el Partido Popular. "No hay medios para escolarizar a todo aquel chaval que pasa la frontera", recalca Miguel Heredia.

"Hay familias que llevan hasta 15 años en la ciudad, cuyos hijos han nacido aquí, y que siguen sin poder empadronarse y, por tanto, no tienen derecho alguno" empezando por el de ir al colegio, objeta Palazón.

"Es verdad que persiste el problema de los chavales sin escolarizar, pero hay cosas aún peores", sostiene Benyahia, que es también portavoz de la Comisión Islámica de Melilla. "Algunos hijos de sin papeles escolarizados hace un lustro cumplieron ya los 16 años y, al acabar el curso, se les invitó a abandonar el colegio aunque deseen seguir estudiando", asegura.

Heredia no lo desmiente. "El Estado cumple proporcionándoles una educación hasta que alcanzan los 16, la edad en que acaba la escolaridad obligatoria", explica. "Para seguir estudiando su situación debe estar regularizada", prosigue. "Sus padres se comprometieron a ello cuando se les permitió matricularse en el colegio". "No está previsto que se den títulos superiores a personas en situación irregular", concluye.

A Benyahia le preocupa también el alto índice de fracaso escolar y la "escasa integración interreligiosa" de los alumnos melillenses. "Hoy en día cerca del 70% de los chavales escolarizados en la ciudad son musulmanes", explica. "Hay colegios públicos como el Juan Caro o el León Sala que son 100% musulmanes". "Los que allí estudian viven en barrios musulmanes y desde párvulos hasta el bachillerato sólo se relacionando con gentes de su confesión". "No es bueno".

Cuando, en enero de 2006, el presidente José Luís Rodríguez Zapatero visitó la ciudad,, la Comisión Islámica le pidió que desde Educación se fomentase la mezcla interreligiosa. "Se comprometió a hacerlo, pero aún seguimos esperando", se lamenta Benyahia.

El fallo no incumbe sólo al Gobierno socialista. En la ciudad autónoma la educación está, en cierta medida, en manos del principal partido de oposición al PP, Coalición Por Melilla (CPM), una formación mayoritariamente musulmana que encabeza Mustafá Aberchán y que está integrada en Izquierda Unida.

En vísperas de las elecciones legislativas de 2008, CPM renunció a presentar candidatos y apoyó a los del PSOE. Ese respaldo tuvo una contrapartida: a los musulmanes se les dejó elegir al director provincial de Educación. "Mi nombramiento es fruto de ese pacto", reconoce Heredia.
La Residencia, un colegio marroquí alegal

Hay un colegio público en España del que las autoridades educativas ignoran cuantos alumnos acoge, que programas sigue y en el que los inspectores no pueden entrar: es La Residencia de Estudiantes Musulmanes Marroquíes situada en pleno centro de Melilla.

La Residencia, íntegramente costeada por el Ministerio de Educación de Marruecos, rehusó cumplir con el Real Decreto de mayo de 1993 que regula el régimen jurídico de los centros extranjeros no universitarios en España. Todos los demás centros, desde los liceos franceses hasta los institutos británicos, se atienen al decreto.

Educación instó a La Residencia a legalizar su situación, pero no lo hizo "probablemente por razones políticas", apunta Miguel Heredia, director provincial en Melilla de ese ministerio. Rabat no reconoce la soberanía española sobre Melilla.

Heredia admite que los alumnos que frecuentan La Residencia "no están escolarizados a ojos del Estado español". "Sus estudios no se convalidan", precisa. En definitiva, es un colegio alegal.
El Real Decreto prevé que la inscripción de un centro de enseñanza extranjero no se efectuará o se cancelará si no cumple los requisitos estipulados. En consecuencia no podrá operar. "En cualquier otro sitio de España habrían cerrado de un plumazo un colegio como ese, pero en Melilla no se atreven para no tener un conflicto con Marruecos", afirma José Palazón que dirige la ONG Prodein.

Quizá haya otra razón para no clausurarla. Aunque sea alegal La Residencia cumple una función: escolariza a unos 620 niños musulmanes de párvulos al bachillerato. En un 85% viven en Melilla, pero muchos de ellos carecen de papeles y no pudieron matricularse en colegios públicos españoles.

Abdelkader Talha, un grandullón simpático, es el director de La Residencia. Vive en Nador (Marruecos) y cruza a diario la frontera junto con algunos profesores y un 15% de los alumnos. No pone ningún reparo en recibir a un periodista español y en organizarle una visita detallada.
Muestra orgulloso en su despacho los retratos de los reyes de Marruecos y de España, explica el programa escolar, la composición del alumnado -asegura que la mayoría reside legalmente en Melilla- y lamenta no tener capacidad para atender a todas las solicitudes de escolarización. "Las aulas están ya saturadas", explica.

En las barriadas musulmanas los chavales se quejan de los capones que sus profesores les propinan en La Residencia cuando no les pegan en los dedos con una regla. Talha lo niega hasta la saciedad. "El maltrato es antipedagógico", repite. "Desde Educación no podemos intervenir", señala Miguel Heredia. "Sólo podría hacerlo la fiscalía de menores".

La Residencia es un edificio desvencijado, pero tampoco es ese centro en el que "estudiar es un desafio cotidiano", como lo describía Mohamed Baghdadi cuando era, hace años, presidente de la Asociación de Padres de Alumnos.

La subida al último piso del colegio depara, sin embargo, una sorpresa. Falta una parte del techo, arrancado por el viento, según Talha. Algunas aulas quedan a la intemperie. Si llueve se mojan. El día en que este periodista lo visitó lucía un sol espléndido.

sábado, 6 de diciembre de 2008

La Crisis: más para unos que para otros


(Foto: El País)

¿Crisis?¿Qué crisis? Ahora parece que ya ha llegado de verdad y no nos dejará, al parecer y siendo optimistas hasta el 2010.

Pero claro, una crisis afecta a unos más que a otros. Y reaviva situaciones que hacen pensar y que analizadas a la ligera pueden parecer de pura injusticia. Ahora que estoy trabajando en una asociación dedicada a los inmigrantes veo la situación en directo. Y más si hablamos del tema del paro. Si el paro afecta de manera importante a los nativos, la afectación entre aquellos y aquellas que han venido de fuera es tremenda. Mi trabajo en APIC (Asociación pro inmigrantes de Córdoba) consiste precisamente en buscar ofertas de trabajo para los y las inmigrantes inscritas en la bolsa de trabajo de la asociación. Así que me veo yo como un comercial que ofrece a las empresas una bolsa de trabajo repleta de gente que lampa por trabajar pero a la que afecta la crisis más que a ninguna otra.

En el campo, sin ir más lejos se ve una situación casi tragicómica. Un trabajo que los nativos prácticamente rechazaban y que dejaban cuales sobras de comida para los inmigrantes, ahora está dejando fuera a éstos últimos. Los de aquí que lo rechazaban, al quedarse en paro son los primeros en ser contratados para recogida de aceituna, naranja, etc. Muchos empresarios prefieren contratar nacionales que a extranjeros. “Los de aquí son primero”, dicen muchos. “Los extranjeros que se vayan a su tierra”, dicen otros. Como si fuera tan fácil. Qué más quisiera más de un congoleño, marroquí, peruano, ecuatoriano, georgiano, rumano… poder volver a su tierra, con su familia y recuperar su vida. Pero están aquí, viendo como existe una política no escrita de preferencia por los nativos. Un empresario prefiere coger a sus convecinos, familiares o amigos a los que ya conoce y que ahora se encuentran en paro antes que a gente que llega de fuera pidiendo trabajo. Los de aquí están tan desesperados que ahora sí aceptan salarios de birria que antes dejaban para los inmigrantes. Los de aquí también tienen que comer, pero ¿y los ya están de aquí sin ser de aquí? ¿Ahora sobran? Muchos y muchas podrán aprovechar la iniciativa del gobierno de capitalizar paro para volver a sus países, pero ¿qué hacen los que no puedan acogerse a tal iniciativa? Es imprescindible darles a ellos y a ellas un sustento para vivir de una forma mínimamente decente, para que pueden mantener a sus familias, que a pesar de no ser de aquí también son personas y necesitan comer cada día.

En fin, aquí dejo trascrito un artículo de El País sobre los inmigrantes que buscan trabajo de un lado para otro. En esta noticia es Jaén, pero ¿cuánta gente hay en Madrid, Barcelona, Córdoba, Bilbao, Baena, Castro del Río… en la misma situación?

REPORTAJE: INMIGRANTES EN PARO

Sin dinero y sin futuro

Miles de inmigrantes vagan por Jaén en busca de alguien que los contrate para la aceituna. Los españoles en paro copan las cuadrillas y muchos extranjeros no tienen faena ni adónde ir

PABLO LINDE 06/12/2008


(Foto: El País)

Nunca un partido de la liga de fútbol sala de Úbeda había tenido tanto público. Cientos de africanos pueblan las gradas del polideportivo. Pero no están ahí por el espectáculo. Esperan a que termine el encuentro para ducharse en los vestuarios y acomodarse para pasar la noche. Es la sexta que algunos duermen allí. Aguardan a que algún "jefe", como llaman a los capataces de los olivares, les contrate para la temporada de la aceituna, que ha empezado esta semana. Con las mismas escasas perspectivas de trabajo hay en Jaén más de 2.000 inmigrantes. La mayoría se tendrá que ir de la provincia con las manos vacías de olivas y de dinero.

"Los dueños de los olivos conocen a gente del pueblo que está en paro y los cogen antes que a los de fuera" Normalmente, Cáritas repartía en Úbeda unas 200 comidas diarias. Este año ha llegado a más de 700. Cada día a las siete, una fila de inmigrantes se dirige a la estación de autobuses en busca de alguien que los contrate. "En los últimos 10 meses he trabajado tres semanas. Llevo 10 años en España y nunca había estado tan mal".

El porqué se puede encontrar muy cerca de este polideportivo. Está escrito a bolígrafo en un folio pegado en la puerta de un bar, a unos cien metros: "Dos españoles muy responsables se ofrecen para la recogida de la aceituna". Los nacionales han vuelto a un trabajo al que habían renunciado hace años. Los parados, mayoritariamente de la construcción, formarán esta temporada muchas de las cuadrillas que hasta finales de enero recogerán el fruto de más de 60 millones de olivos en la provincia.

La escena del polideportivo sucede al final de la tarde del domingo pasado, tras un día que amaneció nevado en Úbeda, un pueblo jienense de 34.347 habitantes. Los inmigrantes han vuelto al pabellón tras echar varias horas que no han servido para nada en la estación de autobuses, el tradicional punto de encuentro entre capataces y jornaleros, y de recibir la comida diaria que Cáritas reparte en el comedor.

Martin, un camerunés simpático y risueño de 27 años que ha llegado ese mismo día, está todavía desilusionado por encontrarse a cientos de "morenos" que no consiguen empleo en el campo. Viene de Málaga, donde ha trabajado en la obra, que ya no da más de sí. A ratos, atiende al partido de fútbol y, a pesar de la decepción, no pierde la sonrisa. Mientras el balón rueda por la cancha, algunos musulmanes rezan; unos cuantos inmigrantes van improvisando una cola para ducharse en los vestuarios cuando los equipos terminen; quienes se han hecho con los pocos colchones que hay los ocupan para dejar claro que esa noche son suyos; los que no los tienen buscan cartones para no dormir sobre un suelo que está helado. "Cada uno va a lo suyo", dice Martin antes de soltar una carcajada.

Este camerunés ha acudido directo al polideportivo a instancias de un compatriota que se encontró en la estación de autobuses. No sabía que existen unos albergues abarrotados en los que puede ponerse en lista de espera para pasar un máximo de cinco días. Ni que puede recibir una comida a las seis de la tarde en el comedor de Cáritas. Llega con Ben, quien dice ser el único congoleño del pabellón: "Aunque todos seamos negros, tenemos culturas muy distintas. Los de Malí y los de Senegal, que son mayoría aquí, hacen mucha piña. Tienen el mismo idioma y religión [musulmana]. Yo estoy bastante solo, pero me llevo mejor con los cameruneses, que son cristianos como yo. Nos entendemos, tenemos costumbres parecidas".

Mientras siguen el fútbol, Ben, de 31 años, cuenta que fue profesional en un equipo angoleño "con mucho dinero". "Tenía incluso un avión privado", asegura. Una lesión de rodilla a los 22 años le apartó del deporte y, con el tiempo, le obligó a dejar en el Congo a su mujer y a su hijo para buscarse la vida en España. Ha trabajado en el campo, la construcción, grandes almacenes, fábricas... Lleva cuatro años sin ver a su familia. Sólo habla con ellos por teléfono cuando tiene dinero para el locutorio.

Todo esto sucede al tiempo que siguen llegando inmigrantes a Úbeda procedentes de todos los puntos de España tras finalizar su labor en la construcción o en otras campañas agrícolas del Levante. No tienen ni idea de que allí no hay trabajo para ellos. Seguramente no oyeron en la radio una campaña de la Junta de Andalucía que advierte desde hace semanas de que no hay plazas libres en la recolección de aceituna.

Uno de los que llegan es Said, un marroquí de 35 años que lleva 18 en España. Está sucio, con la camisa llena de manchas, la barba crecida y un gorro viejo. "¿Hay duchas? ¡Menos mal!". Viene de pasar una semana en la capital de Jaén buscando trabajo y durmiendo en la estación de autobuses. Tras siete días sin encontrar nada se fue a Úbeda, que se ha convertido en el mayor lugar de concentración de aspirantes a temporeros. Said no está acostumbrado a esas penurias: "Yo he vivido de puta madre. Mi mujer es española, tenemos una casa y todo iba bien hasta hace unos meses". Hasta que le echaron de un supermercado donde trabajaba como reponedor. Aunque su esposa mantiene su trabajo, él es "el hombre de la casa" y quiere seguir "llevando dinero". Tendrá que aguantar con la mugre un día más. Cuando termina el partido de fútbol y llega su turno de ducha, se ha terminado el agua caliente. Con temperaturas bajo cero, "es una locura" limpiarse con fría.

Tras el partido, un balón ha quedado suelto en la pista. Un par de malíes comienzan a pasarse la pelota. Llegan dos más. Bajan a la cancha tres marroquíes. En cinco minutos se ha organizado un partido de fútbol: Malí contra Marruecos. Se forman varios equipos que también quieren jugar y esperan su turno en la banda. Los voluntarios de Protección Civil que están en el pabellón para atender a los inmigrantes median para organizar un rey de pista: quien marca gana y juega contra el siguiente equipo. La grada ahora sí presta atención al fútbol. Cantan los goles, gritan, aplauden. La selección de Malí gana seis partidos seguidos. Mientras un jugador alto y fuerte se hartaba de marcar goles, Roberto Muñiz, jefe de Protección Civil, y el conserje del polideportivo estaban buscando como locos seis medallas y un trofeo para entregarlos a los ganadores tras la competición ante el júbilo de la grada. Durante una hora se han olvidado del frío, la nieve, el granizo, la lluvia, la falta de trabajo, de dinero y de una casa adonde ir si ningún jefe les coge para la aceituna.

Son las 22.45. Desde que el pabellón de Úbeda abrió para dar cobijo a los inmigrantes, el 25 de noviembre, sobre esa hora se reparte un caldo caliente antes de dormir. Pero hoy un coro rociero ha llevado bocadillos, dulces y chocolate. Se forma una gran cola entre cuyos miembros reparten más de 300 raciones. Cáritas, que tiene mucha experiencia con los inmigrantes, les pone siempre pescado en conserva para evitar los problemas con la dieta de los musulmanes. Pero los del coro, que destinan lo que ganan cantando a acciones benéficas como ésta, han rellenado con embutido de cerdo algunos bocadillos. Muchos recelan, pero se soluciona pronto. Quienes no tienen problema con la carne cambian los sándwiches por los pasteles incluidos en cada ración.

Dentro de lo malo, quienes están en Úbeda no se llevan la peor parte. Reciben comida un par de veces al día y fueron los primeros en tener un pabellón bajo el que resguardarse. En Villacarrillo, un pueblo apenas a 30 kilómetros, Cáritas reparte una bolsa con víveres en la puerta de la iglesia tres veces por semana: lunes, miércoles y viernes. "No hay dinero para más", dice uno de los coordinadores. Quienes no tienen plaza en el albergue del pueblo, donde también hay tres comidas, pero al día, se ponen en cola sobre las doce, una hora antes de que abran las puertas de la iglesia. Hay empujones y tensión, pero también raciones para todos. Quienes no tengan más medios deben aguantar durante dos días con un litro de leche, una pieza de fruta, una barra de pan y dos latas de atún o sardinas. Allí el pabellón se abrió hace menos de una semana. Ellos agradecen la ayuda, pero también les parece insuficiente. "Hay mucha miseria. El otro día, una mujer me echó del soportal donde dormía. No queremos molestar, pero tienen que entendernos", dice Lazteg, argelino de 21 años. Hasta la apertura del polideportivo, los inmigrantes dormían en la estación de autobuses -que está prácticamente al raso, sólo cubierta por un tejado de chapa-, en los cubículos de los cajeros automáticos o en la calle, donde cada madrugada los termómetros marcan menos de cero grados. Quizá por eso, durante la semana pasada siguieron llegando inmigrantes a Úbeda, donde la situación es menos penosa. Viajan por la provincia gracias a los billetes gratuitos que reparten los Ayuntamientos. Se quitan el problema del pueblo y lo llevan a otro.

Todos están desbordados. Se han unido tres factores: los empresarios no contratan a sin papeles porque los controles son cada vez más exhaustivos, el paro ha llevado a Jaén a más inmigrantes que ningún otro año, y la crisis ha devuelto a muchos españoles al campo. "Los dueños de los olivos siempre conocen a alguien del pueblo que está parado y lo cogen antes que a otro de fuera", explica Juan Carlos López, uno de los voluntarios de Protección Civil. Todo ello hace que lo que otras temporadas era una llegada de africanos que en su mayor parte tenían plaza en los albergues e iban encontrando trabajo en el olivar, se haya convertido este año en miles de ellos vagando por la provincia sin apenas posibilidades de empleo. Y "algún efecto llamada", como lo califica una trabajadora de Cruz Roja, ha provocado que buena parte de ellos hayan acabado en Úbeda.

Allí sigue Martin, el camerunés risueño, tras el partido de fútbol y la cena. A las 23.30 comienzan a apagar las luces del pabellón, pero muchos inmigrantes continúan hablando entre ellos. Martin ha llegado tarde y no ha conseguido ni manta ni colchón, tan sólo algunos cartones sobre los que dormir. "Bueno, estoy acostumbrado". Enseguida comienza el relato de cómo llegó a España. Anduvo dos años desde Camerún hasta Melilla, donde saltó la valla y estuvo 40 días en un centro de internamiento de extranjeros. Antes atravesó Nigeria, Malí, Níger, Argelia y Marruecos, parando a trabajar cuando se quedaba sin dinero para continuar. Una vez en España siguió su periplo a la búsqueda de empleos: Barcelona, Bilbao, Pamplona, Zaragoza, Murcia, Málaga y, ahora, Jaén.

Como la mayoría de los que están en el pabellón, no tiene papeles ni casa. Lleva todas sus pertenencias apiladas en una maleta y no sabe exactamente qué hará si nadie lo contrata. "De momento esperaré; si no hay nada, buscaré en otro pueblo de Jaén y, si la cosa sigue tan mal, quizá me marche a los países del Este de Europa: Rumania, Bulgaria... Pagan poco, pero al menos hay trabajo". Cuando cuenta esto no sabe que aguantará muy poco en Úbeda: 24 horas después estará en la cola del puesto de Cruz Roja, donde esa asociación y el Ayuntamiento reparten billetes de autobús. Cogerá uno el martes hacia Baena (Córdoba).

Antes de eso le queda por pasar un par de noches en el polideportivo. A las doce están todas las luces apagadas y los voluntarios piden silencio. En la pista hay pocos inmigrantes durmiendo. La mayoría se amontona en los pasillos, completamente envueltos en mantas. Aprovechan su propio aliento para calentarse y no dejan ni un centímetro de piel al aire, que la deja helada al rozarla. Unos cuantos nigerianos forman una cama con los banquillos y, sobre ella, cartones. Alguno trata de acurrucarse sobre varios asientos de la grada, pero pronto se da cuenta de que los bordes se clavan en la espalda. Vuelve al suelo. A las doce y media sólo se oye algún ronquido.

Mientras los inmigrantes duermen, tres voluntarios de Protección Civil y un vigilante permanecen en un cuartito del pabellón. Cuando no hacen rondas de vigilancia, ven películas, beben café y se lamentan por no tener colchones y mantas para todos.

La actividad por la mañana comienza muy pronto. A las 5.30 ya se puede ver a algún musulmán rezando arrodillado sobre una pequeña alfombra. Algunos aprovechan para ducharse ahora que apenas hay cola. Una hora después ya quedan pocos dormidos, y a las siete, para quien todavía lo esté, encienden las luces y en la megafonía del pabellón suena una locutora de Los 40 Principales. "Ha sido un placer despertarte", dice oportuna antes de poner la versión de Pitingo de la canción Cuéntame ("... si has conocido la felicidad"), que suena a sorna.

Poco después, una fila de inmigrantes arrastra sus maletas con ruedas hacia la estación de autobuses en busca de un jefe. Los primeros llegan a las siete y una hora después está abarrotada de africanos con sus equipajes. Algunos, los que llevan menos tiempo allí, se quedan fuera, a pesar del frío y la nieve, para ser los primeros en ofrecerse si llega algún capataz. Hay una treintena al raso y más de 300 dentro de la estación. Los lugareños que van a coger un autobús atraviesan la multitud con naturalidad, como si estuviesen allí desde siempre. Aunque no en tal cantidad, están acostumbrados a la invasión de inmigrantes cada diciembre. Si algún blanco se para más tiempo de lo normal, enseguida recibe varias preguntas sobre si necesita trabajadores. Este efecto se multiplica cuando un vehículo todoterreno para delante de la estación. Decenas de hombres (ni una sola mujer entre ellos) se agolpan en torno al coche. A lo largo de un día se puede ver varias veces esta escena. Algunos conductores han quedado allí para recoger a inmigrantes que ya habían trabajado con ellos otros años. Prácticamente ninguno busca a los cientos de jornaleros que les esperan.

La mayoría tiene ya pocas esperanzas. Los primeros africanos llegaron a mediados de noviembre ypermanecen en el pueblo más por no saber adónde ir que porque crean que alguien los contratará. Pasan horas y horas en la estación, vagando por las calles, mareando un café en un bar. Algunos llegaron solos y conocen allí a compatriotas con los que matar el tiempo. Le dan vueltas a la crisis, a la falta de trabajo, a qué harán si en unos días siguen sin jefe. Abubakar, Brahan y Abdulaye, tres malís que llevan más de diez días en Úbeda, charlan en la estación:
-¿Qué va a pasar el año que viene? Dicen que el paro puede llegar al 20%.

-No lo sé, pero aquí no hay nada de trabajo. Hay más morenos que aceitunas.

-¿Tiene la culpa el Gobierno?

-Da igual. La crisis es para todos. Yo en los últimos diez meses he trabajado sólo tres semanas. Llevaba diez años en España y la cosa nunca había ido tan mal.

-Yo he estado viviendo seis meses en una finca en un pueblo de Lérida. Sin agua ni luz. De vez en cuando trabajaba con vacas, pero el jefe ya no me necesita.

-Pues yo, si pudiese, volvería a Malí. Pero no tengo dinero para el billete.

-Tú no quieres volver. Si quisieras, irías a la policía y le dirías que estás ilegal para que te repatriasen.

Llega la hora de la cena. Una hilera de inmigrantes atraviesa el pueblo hacia el comedor de Cáritas, donde la cola da la vuelta al edificio. Reparten un guiso con macarrones, garbanzos y calabaza. Al salir les dan también una bolsa con un bocadillo y una pieza de fruta. El comedor tiene capacidad para unas 100 personas. El número de menús fue creciendo desde que comenzaron a llegar. Otros años se solían dar unos 200 diarios. Éste han superado los 700. En la puerta, uno de los marroquíes que han ido a buscar trabajo de temporero organiza todo. Lleva media vida en España y habla muy bien castellano. Se pone duro cuando alguien quiere colarse y cierra la puerta si una avalancha intenta entrar antes de que haya sillas vacías. Todo ello con la ayuda de dos policías locales y del jefe de Protección Civil.

Esa mañana, una reunión en la capital jienense entre los 20 ayuntamientos con albergues (con capacidad para 800 plazas) y la delegada de Agricultura de la Junta de Andalucía había concluido que estaban desbordados. La Administración regional planteó la necesidad de abrir más albergues en próximas temporadas. Pero para la actual, se ofrecía a sufragar gastos de billetes de autobús para que los inmigrantes regresen a las ciudades de procedencia. Acuerdan repartir una hoja en árabe, francés y castellano que les reitera a los inmigrantes que no hay trabajo y que es mejor que se marchen, que no hay medios para mantener mucho tiempo las instalaciones deportivas abiertas para que duerman.

Estos folletos se repartieron en la cola del comedor el pasado martes. Seguían llegando inmigrantes: un autobús procedente de Valencia esa misma madrugada, por ejemplo. Pero también aumentan las colas en la Cruz Roja para coger un billete hacia otra ciudad. El miércoles comenzó a bajar la afluencia al pabellón, que no había parado de crecer hasta entonces. Pero todavía quedan muchos aspirantes a bracero apurando por si alguien los necesita a última hora.
Después de la comida, ya no tiene sentido volver a la estación de autobuses. La fila de inmigrantes con sus maletas se encamina de nuevo al polideportivo. Un día más, han vuelto sin jefe.

Sin dinero y sin futuro es un reportaje del suplemento DOMINGO de EL PAÍS

La libertad política implica la libertad de expresar la opinión política que uno tenga, oralmente o por escrito, y un respeto tolerante hacia cualquier otra opinión individual. Albert Einstein


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