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domingo, 11 de enero de 2009

El ángel rojo


(Foto: El País)

Leyendo El País de hoy he visto un reportaje sobre otro de los “ángeles” que dedicaron parte de su vida a luchar, por su cuenta, contra las injusticias de la guerra y de la barbarie humana. Los más famosos siempre han sido aquellos que consiguieron salvar a judíos del exterminio Nazi. Sin ir más lejos, Oskar Schindler, bien conocido gracias a la película de Spielberg, o Ángel Sanz Briz, llamado el “Schindler español” y que salvó a miles de judíos desde su puesto de embajador en Hungría. Otros habrá a los que la historia ha arrinconado en el olvido y cuya labor haya sido fundamental por encima de las ideologías, para salvar vidas humanas.

Eñ artículo de El País habla de un anarquista, delegado de prisiones a inicios de la Guerra Civil que no salvó judíos sino a falangistas de manos de las multitudes lógicamente indignadas por los bombardeos indiscriminados de las tropas sublevadas. Los salvados luego fueron altos cargos durante la dictadura de Franco, pero al fin y al cabo personas (No me meto en que luego a lo mejor hicieran de las suyas y hubieran podido dar lugar a cierto arrepentimiento por parte de quien les salvó…). Ante la barbarie de la guerra, siempre hay personas que defienden la vida y la dignidad humana más allá de bandos e ideologías. Melchor Rodríguez fue anarquista hasta su muerte y fiel a sus ideas, entre la que estaba el humanismo y en mi opinión, el sentido común ante la barbarie. Su acción le valió el respeto por parte de sus enemigos y el odio por parte de sus alidados. Pero su ejemplo dio lugar además, a su muerte a una escena pintoresca que describe el periodista a partir del testimonio del hijo de Melchor, pero que deja testimonio de lo absurdo que puede llegar a ser este mundo.


REPORTAJE: MEMORIA HISTÓRICA

Le llamaban el 'ángel rojo'

El anarquista Melchor Rodríguez, que ejerció como delegado de Prisiones al comienzo de la Guerra Civil, salvó de una muerte segura a prominentes figuras del franquismo

JOSÉ LUIS BARBERÍA (El País 10/01/2009 )

1936-1939, 1940, 1941... España contra España, despiadadamente. En el tiempo en el que se desataron aquí todas las furias y el odio se instaló en las conciencias colectivas, hubo también valientes de moral íntegra, gentes de una pieza que enfrentándose incluso a sus propios correligionarios intentaron impedir la degollina. El anarquista Melchor Rodríguez García -Triana (Sevilla), 1893-Madrid, 1972-, militante de la CNT y de la FAI, delegado de Prisiones de la República, es de los que cuando la sangre llamaba a la sangre se jugaron la vida por impedir el asesinato de sus enemigos políticos.

"Si he actuado con humanidad no ha sido por cristiano, sino por libertario", aclaraba Melchor Rodríguez

Con el respaldo del ministro de Justicia, también anarquista, detuvo los traslados de presos a Paracuellos.

La cita es en el Centro para Mayores de Leganés (Madrid). A Ricardo Horcajada, de 81 años, le cabe el raro honor de haber desplegado una bandera anarquista ante los ojos de algunos de los jerarcas del régimen de Franco y no haber sido detenido. "Con el miedo en el cuerpo", como dice él, extendió la enseña rojinegra sobre el féretro de Melchor Rodríguez el 14 de febrero de 1972 en el cementerio de San Justo de Madrid. Fue un entierro multitudinario y tan extravagante que, en plena dictadura, reunió a anarquistas y franquistas en un mismo duelo. "No hubo incidentes. Mi padre rezó, incluso, un padrenuestro por el alma de Melchor sin que nadie le hiciera un mal gesto", apunta Javier Martín, hijo de Javier Martín Artajo, antiguo parlamentario de la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA) en la República y más tarde diputado por designación del dictador en las Cortes franquistas. De acuerdo con ese testimonio, Javier Martín Artajo vistió durante el entierro una corbata con los colores anarquistas en justa correspondencia con el gesto de besar la cruz que Melchor Rodríguez había realizado en su lecho de muerte. "Vale, ya que te empeñas, yo beso ese trozo de madera, pero tú te comprometes a ponerte una corbata anarquista". Así quedó sellado el trato.

Ricardo Horcajada sostiene que la actuación del delegado de Prisiones de la República frente a la muchedumbre que el 8 de diciembre de 1936 pretendió asaltar la cárcel de Alcalá de Henares fue un hecho extraordinario porque pocas veces en la historia se ha logrado contener con la palabra a una turba herida cegada por el dolor y el odio y lanzada a vengar la muerte de sus hijos. "Hay que tener en cuenta", subraya, "que unos días antes otra multitud había pasado por las armas a 319 de los 320 presos en la cárcel de Guadalajara". Le pregunto qué discurso es capaz de detener a una masa iracunda y armada, y me dice que su amigo tenía carisma y un talento natural para la oratoria.


(Foto: El País)

El archivo de la familia de Javier Martín Artajo, hermano del que fuera ministro de Exteriores en el franquismo Alberto Martín, guarda un escrito con el que el propio Melchor Rodríguez describió con detalle ese episodio. "La muchedumbre, aterrorizada por los incendios provocados y las víctimas causadas por la aviación rebelde, se amotinó rabiosa y, juntándose con las milicias y hasta con la propia guardia militar que custodiaba la prisión, se dispusieron a repetir el hecho brutal realizado cinco días antes en la cárcel de Guadalajara". Según su relato, fueron más de siete horas de enfrentamiento dialéctico, insultos, amenazas y forcejeos contra una muchedumbre enfurecida que tras penetrar en la prisión pretendía rebasar el rastrillo de acceso a las galerías de los presos. "¡Qué momentos más terribles aquellos! (...) Qué batalla más larga tuve que librar hasta lograr sacar al exterior a todos los asaltantes haciéndoles desistir de sus feroces propósitos. Y todo ello ante el tembloroso espanto de mi escolta, que, aterrados y sin saber qué hacer, se limitaron a presenciar aquel drama".

Salió físicamente indemne de la prueba, aunque con algún desgarro en la camisa y un gran costurón en su hasta entonces rendida confianza en el comportamiento de las masas. Entre los 1.532 presos sospechosos de simpatizar con los facciosos que aquel 8 de diciembre de 1936 salvaron sus vidas había nombres y apellidos: Agustín Muñoz Grandes, Raimundo Fernández Cuesta, Martín Artajo, Peña Boeuf, Luca de Tena, Boby Deglané, Serraño Suñer, el falangista Rafael Sánchez Mazas, Fernando Cuesta, el general Valentín Gallarza..., que más tarde aparecerían incrustados en los tuétanos del régimen franquista. La leyenda del "ángel rojo" y la maledicencia del "traidor Melchor" nacieron simultáneamente ese día, en Alcalá de Henares: la primera, del terror que rezumaban las celdas donde se agolpaban los detenidos, y la segunda, de la ira frustrada de los vengadores que clamaban contra el cielo, impotentes ante las bombas criminales de los aviadores alemanes e italianos.

Durante los cuatro meses -noviembre de 1936-marzo de 1937- en los que se mantuvo en el puesto, el delegado de Prisiones de la CNT se multiplicó tratando de parar las "sacas" (excarcelaciones previas a los fusilamientos) masivas, en un pulso continuo con la Junta de Defensa de Madrid, controlada por los comunistas José Cazorla y Santiago Carrillo. Salvó miles de vidas, luchando contra el reloj y el pésimo estado de las carreteras -"deprisa, deprisa, todavía podemos llegar a tiempo"-, para aparecer cuando el pelotón de fusilamiento estaba ya formado y los condenados esperaban la fatídica descarga. Con el respaldo del ministro de Justicia, también anarquista, Juan García Oliver, detuvo los traslados de presos a Paracuellos, el paraje de la sierra madrileña donde, siguiendo la consigna de "limpiar la retaguardia", sugerida por los asesores soviéticos, fueron abatidos miles de detenidos.

El libertario que no creía en las cárceles restituyó la autoridad de los directores y funcionarios de prisiones encargados de la custodia de los 11.000 presos políticos y reforzó el control en un momento en el que la celda era el mejor refugio contra el secuestro, el simulacro de juicio de los 10 minutos y el asesinato. En ese empeño, sacó a los milicianos de los recintos penitenciarios, ordenó que ningún preso pudiera ser excarcelado sin su permiso entre las seis de la mañana y las ocho de la noche, extendió avales y salvoconductos a gentes de derechas que podían ser denunciadas y ajusticiadas. Para cobijar a los perseguidos se incautó en Madrid del palacio del Marqués de Viana, una mansión que, terminada la guerra, fue devuelta a su propietario con sus enseres intactos. "No falta ni una cucharilla", admitió el marqués Teobaldo Saavedra. Se enfrentó también al pistolerismo anarquista de una parte de la Federación Anarquista Ibérica (FAI), donde habían recalado aventureros y resentidos sociales de toda laya, además de delincuentes comunes que encontraron en esas siglas la cobertura ideal para sus fechorías. Melchor Rodríguez portó siempre una pistola al cinto, aunque, por lo visto, la llevaba descargada porque nunca echó mano de ella, ni siquiera en las situaciones más comprometidas.

"Se puede morir por las ideas, pero no matar por ellas", predicaba, ante la incomprensión de muchos de sus compañeros que creían saber, y no se equivocan, que también los franquistas eliminaban a los disidentes o sospechosos de disidentes. Melchor Rodríguez formó parte de una corriente ácrata, humanista, integrada en Los Libertos, grupo libertario celoso de sus principios que trató de poner coto a los desmanes.

"Con la cantidad de veces que estuvieron a punto de matarle, la verdad es que no me explico cómo pudo morir sin creer en Dios", comenta hoy su hija, Amapola Rodríguez. Ella sí cree en Dios y también en el anarquismo de su padre. "Antes de que estallara la guerra me llevó a ver la obra de teatro ¡Abajo la guerra! Le gustaba mucho la naturaleza. Me puso Amapola porque decía que es una flor rebelde que nace sola en el campo sin tener que sembrarla". Aunque a sus 87 años goza de una memoria excelente, la hija del anarquista se muestra remisa a abordar ese terrible pasado. Cede, finalmente, ante la insistencia del periodista, pero sólo para recitar, de corrido, una de las poesías escritas por su padre:

"Anarquía significa:
Belleza, amor, poesía,
Igualdad, fraternidad
Sentimiento, libertad
Cultura, arte, armonía
La razón, suprema guía,
La ciencia, excelsa verdad
Vida, nobleza, bondad
Satisfacción, alegría
Todo esto es anarquía
Y anarquía, humanidad".

A Amapola no le gustan la manera con que algunas voces hablan de la Guerra Civil ni tampoco el aire de enfrentamiento y revanchismo que percibe en el actual clima político. "No es partidaria de este proceso de recuperación de la memoria histórica; prefiere que las cosas se queden como están", apunta su hijo, Melchor Leal.

Como indica el escritor y cineasta Alfonso Domínguez, autor de una novela biográfica y de un guión de cine sobre Melchor Rodríguez que espera llevar a la imprenta y a la pantalla, la figura de este libertario cobra cuerpo y se agiganta con la perspectiva de los años, a medida que se profundiza en el estudio de la guerra y resurgen las sacas, los paseos, las checas (centros de detención y tortura) y los fusilamientos masivos, impíos, interminables, de los ya vencidos que no encontraron oposición en el clero franquista, ni siquiera una vez terminada la guerra.

Hijo de un maquinista del puerto de Sevilla y de una obrera de una fábrica de cigarros, Melchor Rodríguez dejó los estudios y se puso a trabajar a la muerte de su padre, cuando tenía sólo 10 años. Trabajó de calderero, de carrocero en la industria del automóvil y de ebanista, antes de tentar la suerte en las plazas de toros. Su carrera de novillero se frustró tras una cogida en Madrid y tuvo que volver a la industria del automóvil, donde su fama de chapista extremadamente fino discurría en paralelo con la de, a ojos de sus patrones, exagerado perfeccionismo. Fue encarcelado tantas veces por sus actividades anarquistas, más de una treintena, que cuando Amapola le echaba en falta y preguntaba por él, su madre acostumbraba a responderle: ¡Pues dónde va a estar, hija mía, en su casa, en la cárcel! En la cárcel asumió el compromiso personal de contribuir a que se respetaran los derechos de todos los presos, y allí y en la calle aprendió lo que la falta de escuela le había hurtado. "La lucha contra la ignorancia nunca es una batalla perdida". Lo decía con pleno conocimiento de causa.

En sus esfuerzos por asimilar la figura de Melchor Rodríguez, los franquistas que le debían la vida trataron siempre de explicar su comportamiento adjudicándole un soterrado "espíritu cristiano". Tuvo que aclararlo en más de una ocasión. "Si he actuado con humanidad, no ha sido por cristiano, sino por libertario". Y también protegerse de sus agradecidos benefactores franquistas a los que había salvado la vida. Rechazó un puesto en el sindicato vertical franquista y devolvió tachado e inutilizado el caritativo cheque de 25.000 pesetas que le habría ahorrado muchos agobios económicos.

Finalizada la guerra -a él le cupo protagonizar el traspaso simbólico de la capital española a los golpistas vencedores; "Amapola, he entregado Madrid", le dijo a su hija entre lágrimas-, fue condenado, primero a cadena perpetua; luego, a 20 años, y finalmente, a cinco, gracias a la intermediación del general Agustín Muñoz Grandes, pieza clave del Ejército y mano derecha de Franco durante años. Con el respaldo de dos millares de firmas que solicitaban clemencia para el reo, Muñoz Grandes hizo durante el consejo de guerra una encendida defensa del "ángel rojo" que explica la clemencia de la condena. A la salida de la prisión, él continuó desarrollando sus actividades políticas y fue nuevamente detenido y encarcelado por difundir propaganda política ilegal.

Siguió también ocupándose de los presos aprovechando el ascendente moral adquirido sobre las personalidades a las que había salvado la vida. Ricardo Horcajada lo conoció así. "Cuando detuvieron a mi padre, me dijeron que en la calle de la Libertad, una muy estrechita que está detrás de la Gran Vía madrileña, había una persona que podía ayudarme. Era Melchor. Pese a su apariencia pulcra y cuidada, vivía muy pobremente en un piso diminuto que compartía con un antiguo banderillero y su mujer". El anarquista de verbo fácil y vehemente que se malganaba la vida vendiendo seguros se había separado de su mujer. De los testimonios familiares se deduce que Melchor Rodríguez fue una persona respetuosa con las creencias religiosas de su mujer y sumamente cariñosa con su hija. Y también que el héroe anarquista estaba hecho de la misma pasta que el resto de los mortales: soberbio y vanidoso, irascible e intransigente en ocasiones, pero nunca codicioso ni interesado. Aborrecía el dinero como si fuera un invento satánico, aunque aceptaba el trueque y los regalos, una camisa, por ejemplo, siempre que se la entregaran con los puños cortados. Sostenía que mostrar los puños de la camisa por debajo de la chaqueta era "propio de burgueses".

Según Ricardo Horcajada, en la última etapa de su vida vivió de la suma de dos miserias: la que le correspondía de jubilación y la resultante de su pobre cartera de clientes en la compañía de seguros La Adriática, donde trabajó. Él cree saber de qué materia estaba hecho Melchor Rodríguez. "Yo no he conocido ningún santo, pero supongo que, si existen, deben ser como Melchor, seres inocentes que pueden alcanzar cierto estado de gracia, en este caso civil; gentes infantiles, sin malicia, aunque rebeldes, como lo son la mayoría de los niños". Piensa que su amigo fue siempre un inadaptado para la vida y los negocios, un idealista que descubrió en el anarquismo la utopía de los hombres justos y santos y quiso ser uno de ellos.

La figura del delegado de Prisiones de la República brilla con un fulgor propio ahora que historiadores, políticos y propagandistas se aplican a la exhumación del periodo de la guerra y la posguerra civil. Ejemplos como el suyo -no hay, que se sepa, un Melchor Rodríguez en el campo franquista- emergen de los barrancos y cunetas de nuestro pasado con una fuerza aleccionadora tan poderosa que debería bastar para impedir que el sectarismo meta sus manos sucias en la memoria histórica.

martes, 21 de octubre de 2008

Garzón y la Memoria Histórica


(Foto: El País)

El Juez Garzón da un paso más hacia la investigación de los crímenes de la Guerra Civil y de la etapa represiva posterior. Se ha declarado competente para iniciar el procedimiento penal para la investigación y la imputación de responsabilidades. ¿Puede el superjuez declararse competente por sí solo? Pues sí, por lo que parece, ya que si no me equivoco, la competencia de un juez de la Audiencia Nacional para un asunto determinado solo puede decidirla él mismo.


Con el tema de la memoria histórica queda abierto el debate de si se deben remover las heridas pasadas o si en cambio, deben dejarse las cosas como estaban. Para unos, los vencedores, el tiempo ha pasado y con la transición se llegó a un acuerdo de olvido colectivo y de amnistía para los posibles crímenes cometidos. Seguir moviendo la porquería que se esconde debajo del bonito césped del jardín puede resucitar el fantasma de las dos Españas (¿Aún andamos con esas?). Los que fueron dirigentes del Franquismo hoy son personas de bien; algunos, políticos de renombre que participan de la democracia afiliados en partidos de mayor o menor difusión (no digo nombres). No digo que los ganadores no sufrieran crímenes contra la humanidad de manos de los que defendían la legalidad democrática de la República, pero cuando al fin llegaron al poder en el 39 ya se encargaron de depurar responsabilidades, a su manera.

Para otros, los que perdieron y sufrieron persecución, reclusión y asesinatos, no ha habido justicia ninguna. La esperanza del fin de la dictadura dio lugar al perdón incondicional por el bien del futuro de la democracia y del país. No se cerraron las heridas, solo se arrinconaron en el desván. A cambio también pudieron participar en la vida democrática y hoy en día, también los que fueron perseguidos participan, al igual que los del otro bando, de la democracia afiliados en partidos con mayor o menor difusión (tampoco digo nombres). Sin embargo, no digo que sea necesaria la venganza ni el ojo por ojo, sino que al igual se ha hecho en las diferentes Comisiones de la Verdad de otros países que dejaron atrás atrocidades dictatoriales (Brasil, Sudáfrica), en España, los vencidos y perseguidos tienen derecho al reconocimiento de su sufrimiento. No veo necesario encarcelar a nadie (la mayoría de responsables estarán ya en el otro mundo y no me imagino a un abuelete de 90 años, por muy fascista que fuera en su juventud, entrando en la cárcel.


(Foto: El País)
De no tomar la iniciativa de enjuiciamiento penal, ¿qué legitimidad puede tener un juez o un país para juzgar crímenes contra la humanidad de Chile, Argentina o Tíbet si no ha juzgado de manera correcta los crímenes que pasaron aquí, en casa? Garzón pretende estirar la cuerda, que quedó muy laxa tras la transición, pero no creo que llegue al extremo de romperla y resucitar fantasmas. Hoy estamos en la UE, en un país moderno en un mundo en que ya no existe confrontación entre capitalismo y comunismo, así que dudo que aparezcan los dichosos fantasmas. La gente de la calle ya no está tan preocupada por lo que pasó hace ya 70 años. Lo que más preocupa es la crisis, el paro y llegar a fin de mes. Pero eso no quiere decir que no se deba reconocer a aquellas personas que sufrieron persecución o que simplemente perdieron a sus familias por la represión. Lo único que significa es que la herida se va cerrar de verdad. Se echará alcohol y escocerá, pero ya no quedará cerrada en falso.

Además, Por suerte para la paz y para evitar el miedo de muchos, los responsables a los que Garzón va a enjuiciar son los generales golpistas, que a menos que sobrevivan siendo centenarios, están más que muertos y enterrados. La cosa cambiaría si el juez apuntase hacia tiempos recientes, hasta el fin del Franquismo, algo del todo inverosímil y poco práctico, porque entonces sí que tendría que temblar más de uno que aún anda suelto por ahí…
Noticia de El País:
En La Bitxa
En El País

Aquí adjunto un Artículo de opinión de Josep Ramoneda en El País del 21/10/2008 que hace referencia a la noticia.

domingo, 19 de octubre de 2008

el niño con el pijama de rayas


(Foto: La butaca)

Y volviendo al tema de los niños, solo comentar brevemente la película de Mark Herman “El niño con el pijama de rayas” basado en el libro de John Boyne y que (muy mal hecho por mi parte) no me he leído.

No voy a explicar de qué va porque para eso hay muchas webs interesantes donde se explica. Tampoco voy a revelar el final (solo decir que me temblaban las piernas cuando ha acabado y que he tardado un rato en levantarme). En mi opinión los actores actúan estupendamente (un 10 para la expresividad de los dos niños) y hacen que sea una fábula fantásticamente bien hecha, aunque sea un poco lenta en ciertos ratos (quizás para contrastarla con la pasión exploradora e inquieta del niño protagonista).

Tampoco voy a venir con el argumento de siempre de que hay que recordar el pasado, que no perdamos la memoria para que no vuelva a pasar… Cosas que uno piensa principalmente cuando ve películas de este tipo. Pero remitiéndome a mi entrada sobre los Girasoles ciegos, hay que saber que en la Alemania del 36 tampoco se pensó que eso pudiera pasar… Pero pasó.

domingo, 21 de septiembre de 2008

Los Girasoles ciegos



Hoy hemos ido a ver los “Girasoles ciegos” de José Luís Cuerda, otra película fantástica más por la historia que narra, por los actores y por el contexto histórico. La interpretación magistral de los actores secundarios y de los principales, Maribel Verdú, Javier Cámara, Raúl Arévalo y el niño Roger Princep hacen que te metas de lleno en la historia. El final es un final no del todo esperado, pero sí razonable y realista. No se puede luchar contra un ogro como el Franquismo y salir del todo indemne. Como ha demostrado la historia de España, la lucha contra la dictadura no libró a nadie de salir mal parado de algún modo u otro.

Aunque como dice mi amigo Antonio, el Franquismo da para muchos temas, en esta película hay un trasfondo bastante centrado en el triángulo franquismo, iglesia y celibato. Pero yo me quiero centrar en la parte de persecución y violencia, que en este caso padece Ricardo, uno de los protagonistas. Las películas de este tipo, de violencia física, ideológica y política, ya sea del régimen franquista, del nazi (hay que ver “el niño de pijama a rayas”) de las dictaduras chilena y argentina o la “dictadura” israelí sobre el pueblo palestino… Me hacen pensar en muchas cosas, pero sobre todo hacen que mi mente se estremezca al pensar que tal vez yo pudiera ser el protagonista perseguido de estas películas. ¿Cómo reaccionaría yo si hubiera sido el personaje de Javier Cámara, o del de Adrien Brody del pianista, o Ricardo Darín en Kamchatka? ¿Cómo podría salir indemne de la barbarie, del miedo a ser perseguido y a ser aniquilado solo por pensar como pienso o ser como soy? Muchas veces me pregunto si eso podría ocurrir alguna vez en este país…

Pero si se piensa bien, ya estamos en la barbarie, en una especie de aniquilación o de genocidio disimulado que pasa desapercibido disfrazado de un halo de normalidad falso que corre por las calles. “Primero vinieron a por los comunistas, y yo no alcé mi voz... porque no era comunista. Luego vinieron a por los judíos, y yo no alcé mi voz... porque no era judío. Luego vinieron a por los sindicalistas, y yo no alcé mi voz... porque no era sindicalista. Luego vinieron a por los católicos, y yo no alcé mi voz... porque no era católico. Y entonces vinieron a por mí, y para entonces no quedaba nadie que alzara la voz...” Siempre me ha gustado esta frase porque transmite perfectamente la voz de la impotencia y del miedo disfrazada de indiferencia. Martín Niemöller fue su autor (no Bertolt Brecht como se dice) y fue perseguido a pesar de ser admirado y respetado por la sociedad de la Alemania nazi.

Pero como estaba diciendo, actualmente en este país hay personas que se sienten perseguidas por su forma de enfocar su visión del mundo o por su forma de vivir. En occidente ya no se persigue a los judíos ni a intelectuales de izquierda, pero sí se vigilan muy de cerca a los inmigrantes venidos de países de miseria y penuria, a homosexuales por su forma de vivir la sexualidad, a cualquier persona que se salga de lo “normal” y de lo bien visto. No se les mata ni se les fusila, al menos físicamente; tampoco se les priva de la libertad confinándolos en campos de exterminio, pero sí se les priva de su vida íntima, de su libertad de movimientos y de comportamientos, de poder disfrutar de los derechos más elementales, de una vida social y personal plena. Hoy en día los nazis, los falangistas, los milicos, se han transformado, no usan la violencia tradicional sino una peor, la social que puede llegar a hacer aún más daño. No solo están en el poder sino también en la calle, en el día a día. La mayoría impotentes y llenos de miedo y no me refiero al miedo a ser encarcelados y asesinados. Es un miedo a perder lo que tienen y lo que son. La comodidad, la tranquilidad, el formar parte de lo normal ¿Soy yo uno de ellos?

“Primero vinieron a por los homosexuales, y yo no alcé mi voz... porque no era homosexual. Luego vinieron a por los inmigrantes, y yo no alcé mi voz... porque yo era de aquí. Luego vinieron a por aquellos profesan otras religiones, y yo no alcé mi voz... porque no era de ninguna. Y entonces vinieron a por mí, y para entonces no quedaba nadie que alzara la voz...”

La libertad política implica la libertad de expresar la opinión política que uno tenga, oralmente o por escrito, y un respeto tolerante hacia cualquier otra opinión individual. Albert Einstein


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